Un día cualquiera de un verano cualquiera...
Estoy en China. Nubes, mosquitos, luces de neón de otro universo.

Hemos llegado a su casa hace poco. Es sencilla. Su cama no tiene colchón; está cubierta por una de estas sábanas de bambú que crean cierta sensación de frescor.

Hay mucha gente en la calle, aunque es de madrugada y hace un calor soporífero. Muchos puestos continúan abiertos, como los de estos cocineros callejeros que dejan sus triciclos a un lado, mientras deleitan a la gente con sus platos a precios irrisorios. Tremendo calor pasarán.

Su familia está viendo la tele. La expectación les ha mantenido despiertos. Supongo que necesitan algún tiempo para hacerse a mi presencia extraña. Por eso les dejo solos ahora, al comienzo.

También me dan miedo.

Me da miedo que no me acepten, que les parezca un souvenir de lengua dislocada, y que poco a poco le insinúen, le sugieran, le pidan...

También me asusta el abismo de la incomprensión. Mi sentimiento de impotencia es tremendo, porque la lengua se me traba, porque mi cerebro no conoce palabras esenciales...

La cuestión idiomática se solventa con el tiempo. Espero que me lo den.



Hace poco lo pensaba: Un año atrás, lo que son las cosas, yo andaba por unas latitudes muy distintas a estas.

Así que abrí el cajón de mi mesilla, y rebusqué hasta encontrar el cuaderno que llené de ideas y garabatos. Ha sido curioso releer mis primeras impresiones.